Paco Santín, testigo del siglo XX

El Correo Digital

Nacido en Sestao, ‘niño de la guerra’ en Bélgica y espectador de la invasión nazi, rememora los conflictos que asolaron Europa e instalaron la dictadura en España

Paco SantinLa brillante calavera en la gorra negra de un tanquista alemán. El olor del desinfectante contra la sarna. El sonido de la ráfaga de ametralladora del maquis que acabó con la vida del vecino fascista en Wandre (Bélgica). Las lágrimas de los niños en el vapor ‘Habana’. La oscuridad del túnel de ferrocarril Bilbao-Portugalete convertido en refugio y el retumbar de las bombas. Para cualquiera de nosotros podrían ser frases de una novela, retazos de unas memorias… Para miles de ciudadanos españoles, hijos de la guerra y testigos del siglo XX, son puros recuerdos de infancia. En este caso los de Francisco Santín Ortiz de Zárate (Sestao, 1932).

El hombre ha vuelto estos días al escenario de su memoria para participar en un homenaje a las víctimas del bombardeo alemán sobre Gernika, del que se cumplen 70 años. Santín, que anda ya por los 75, será para siempre un ‘niño de la guerra’. «Es curioso -dice-, no he hablado mucho de aquellos días, de cuando tuvimos que abandonar Bilbao y a nuestras familias. No me gusta. Mi problema es el problema de miles. Es como un sueño, algo que no tomas en realidad hasta que la memoria lo recupera. Ahora me parece que fue ayer: Gernika, el exilio, la guerra con Alemania, mi vuelta a Bilbao, el regreso a Bélgica…».

Habla Santín con un marcado acento francés. Tiene una voz grave, convincente, segura, sin aristas. Uno se acomoda en el asiento, relajado, dispuesto a escuchar un torrente de situaciones que Santín presentará con la luz de sus palabras.

«¿Mi vida? Puede que no empiece cuando nací en la calle Rivas de Sestao. Yo soy un hijo de la República. Y mis primeros recuerdos son de aquellos años de la Guerra Civil, de las carreras hasta el túnel de ferrocarril para escapar de los bombardeos, de los gritos ‘¿vamos al refugio!’ que daba mi madre. Mi padre, militante comunista, estaba entonces en el frente de Valencia», dice.

Los niños, explica, jamás son protagonistas de una guerra. «Pero son sus testigos». «Y existe un colectivo humano -se conmueve- al que no se ha reconocido nunca su sacrificio: las madres. Ellas fueron las que hicieron el gran sacrificio. Con el marido en el frente, encarcelado o mutilado y con los hijos fuera… El dolor de esas madres fue más terrible que nuestro propio sufrimiento. La guerra rompió familias enteras. ¿Qué triste, qué triste!», llora Paco Santín sus recuerdos rotos.

Dicen que los años diluyen las memorias, incluso hay quienes embellecen o engrandecen sus recuerdos para darse importancia. Santín no es de esos. Tenía cinco años el 4 de mayo de 1937 cuando, junto a cientos de niños, trepó por la escala del vapor ‘Habana’ con destino al exilio. Hubo lágrimas, pero para los chiquillos era como ir «de colonias». «Llegamos al puerto de Burdeos y de allí a algunos nos mandaron a Bélgica, a Inglaterra, a Suiza… Nos esperaban con ropa limpia y con desinfectante para librarnos de la sarna. Se puede decir que nosotros marchamos en pelotas, majo», se sonríe.

La nueva vida de Paco -que marchó a Bélgica en compañía de su hermano Josetxu- empezó en Wandre. «Fuimos acogidos por personas humanitarias a más no poder, obreros metalúrgicos, mineros, que no vivían holgadamente, pero tenían un enorme espíritu de solidaridad. Yo fuí a casa de una comadrona, ‘la benefactora de la clase obrera’, la llamaban. Ella era Elena Goffin y su compañero era Hubert Mounard, mis padrinos. Desde el primer momento dejaron claras las cosas. ‘Tú tienes padre y madre. No nos debes llamar papá y mamá sino Hubert y Elena. En la tragedia de la República nuestro deber es cuidarte, darte instrucción y educación’. Durante toda mi vida he agradecido mucho esas palabras».

«Rodar sobre muertos»

En Wandre, una pequeña localidad valona, coincidieron cinco niños de la guerra: Gregorio Palasín («nunca volvió, murió de una crisis cardíaca mientras jugaba al fútbol»), Víctor y Martín, «de Putxeta», y Paco. «Su madre, Lucrecia, escribió a los padrinos para pedirles que no devolvieran al crío a España a no ser que ella les escribiera reclamándolo. Hubo niños que regresaron sin que fuera voluntad de los padres… A nosotros, además, nos tocó vivir cuatro años bajo el régimen nazi. Oíamos Radio Libre Londres y teníamos unos vecinos fascistas. Mi cama fue ocupada muchas veces por jóvenes que se escondían de los alemanes. Olvidé mi propio idioma. Hablábamos con mi madre por carta, con ayuda de un traductor. La guerra, en mi casa, fue dura. Habían pasado la del 14, así que mi padrino, que era un armero excelente, quiso marcharse a Clermont-Ferrand. Recuerdo a los tanquistas alemanes, con su boina negra con la calavera, diciéndole ‘¿váyase a Francia! No tiene más que rodar sobre sus muertos!’. El les respondió, muy digno, que sobre nuestros muertos no andaba nadie».

Diez años. Cuando los otros niños tenían juguetes, Paco contemplaba los dos fusiles y la ‘Browning’ de 9 milímetros con sus cargadores que se escondían en casa. «Aún recuerdo las palabras de mi padrino: ‘no hables nunca con un alemán, no ayudes nunca a un alemán y el primero de mayo ya nos arreglaremos para que vayas a la escuela’. El director era socialista y resistente. De aquellos años me viene el espíritu de rebeldía. Con doce años y medio me apunté a los Halcones Rojos, las juventudes socialistas. Fueron tiempos extraordinarios y peligrosos. Un día… -y Paco Santín se recuesta en la silla y se toma su tiempo para paladear la historia- llegó a casa un señor, alto, rubio, de pelo rizoso, al que nunca había visto. Se quedó varias semanas escondido. Mi padrino me dijo: ‘este es un aviador inglés, gamin’. El hombre se movía entre dos o tres casas. Un día el padrino me pidió que llevara al piloto hasta las líneas aliadas. Allí me tiene, un crío hablando con el capitán de los blindados americanos. Nos interrogaron para cerciorarse de nuestra identidad. Otro día, los maquis mataron de una ráfaga de metralleta a nuestro vecino, que era nazi…».

Mendrugos a los rusos

¿Menuda vida! Santín se recuerda tirando mendrugos de pan a soldados rusos encerrados en un campo de prisioneros, que le regalaban maquetas de la mina de carbón donde trabajaban, los golpes sobre la mesa que servían de sintonía a las noticias de radio sobre el mundo libre, los camiones alemanes cargados de antenas que rastreaban en qué hogares se escuchaban las emisoras prohibidas… «Guardaba periódicos de España, del año 36. Y supe de las penurias de la postguerra. En Bélgica siempre tuvimos pan, mantequilla y legumbres mientras que aquí no había más que miseria. Aún así, regresé a España. Hubo muchas lágrimas porque yo para ellos era su sol, su vida. Pero me dejaron ir. Chapeau. Creo que no hay dinero para pagar aquellos gestos de solidaridad. El Gobierno de Euskadi, en mi opinión, debería tener un gesto de reconocimiento a aquellas familias. Volví en noviembre de 1947 y la España que encontré me defraudó. Pasé los primeros meses metido en un cine de la calle Postas, aprendiendo el idioma, comiendo cacahuetes y viendo verdaderas chorradas. No se podía cantar, ni blasfemar, ni hablar de política. Y siempre había un retrato de Franco sobre nuestras cabezas. Decidí que no volvería hasta que muriera el dictador». Fue el 16 de marzo de 1997 y Paco Santín era ya un veterano socialista con decenas de años de militancia a la espalda. Pero seguía siendo ‘un niño de la guerra’. Para siempre.

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