UN MAPA DE PRESOS DE 1937 ESCONDIDO EN LA RIOJA

ARITZ  INTXUSTA

Colectivos memorialistas han rescatado un mapa que fue utilizado en la antigua plaza de toros de Logroño cuando se convirtió en campo de concentración tras el golpe de 1936. El centro fue clave en la represión a los gudaris tras la caída del Frente Norte.

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La historia de los republicanos que cayeron en manos de los golpistas, la historia de qué les hicieron, ha tratado de ser borrada a conciencia. Las autoridades se han esforzado a conciencia en ocultarla, aunque no siempre han podido. Muestra de ello es lo ocurrido en la plaza de toros de Logroño. Es una página de la historia de la represión franquista que estuvo a punto de perderse en 2002, pero comienza a escribirse a mediados de 1937, cuando el denominado Frente Norte empezaba a derrumbarse ante el empuje del general Emilio Mola, apoyado por sus aliados fascistas y de la Legión Condor. Conforme avanzaban los golpistas mano a mano con los nazis, miles de gudaris y combatientes rojos eran apresados y trasladados a campos de concentración improvisados, donde, al igual que ocurriría poco después en Alemania con comunistas y judíos, se les clasificaba para enviarles al paredón, a la cárcel o se les convertía en esclavos para trabajos forzosos.

Ante la llegada de tal cantidad de personas, los franquistas necesitaron reconvertir grandes infraestructuras civiles en campos de concentración. Entre estos recintos improvisados figura la antigua cárcel de Logroño, conocida como La Manzanera, que fue destino de cientos de gudaris y se destruyó hace más de una década. Carlos Muntión, de la asociación memorialista riojana La Barranca y profesor de Historia de la universidad Popular, explica que Logroño se convirtió en un enclave estratégico tras la caída de la resistencia vasca y asturiana. A fin de cuentas, se trataba de una ciudad importante cerca de zona de combate, pero sin embargo en una territorio «pacificado». Al igual que en Nafarroa, en La Rioja no hubo frente, pero sí se desató una brutal represión y una oleada de fusilamientos. «Aquí la guerra duró 80 horas», relata Muntión. La llegada masiva a Logroño de requetés desde Iruñea en los primeros compases del golpe hizo inviable cualquier conato de reacción por parte de los republicanos. Pese a esta falta de respuesta, las cifras de la represión en La Rioja tras el alzamiento –según los trabajos que ha realizado La Barranca– arrojan un balance de más de 2.000 fusilados. En toda Nafarroa, con más del doble de habitantes, se ha identificado unos 3.500 ejecutados.

Muntión subraya otro elemento clave para que el campo de concentración de Logroño tuviera tanta importancia: la ciudad disponía de una estación de tren operativa desde mediados de 1937, poco antes de que el Frente Norte se diera oficialmente como vencido. ‘‘El Diario Vasco” recoge traslados masivos desde Bilbo hasta Logroño, concretamente de 1.300 prisioneros ya a finales de junio de 1937. Y también hay constancia de que la línea de ferrocarril entre Bilbo y Miranda de Ebro estaba operativa a 29 de junio de ese año. Gracias a ello, la plaza de toros se convirtió en el lugar de reclusión hasta el que llegaban los vagones llenos de combatientes apresados. Fue un centro de reclusión específico, ya que a los presos políticos riojanos se los llevaban a otros lugares, como la cárcel provincial, el Hospital de la ciudad o la Escuela Industrial. El aforo de La Manzanera para una corrida de toros era de 10.000 personas, pero mientras fue campo de concentración estuvo ocupada por unos 1.500 presos, que dormían bajo las gradas.

El secuestro de la memoria

En el año 2002, el Ayuntamiento de Logroño decidió derribar la antigua plaza de toros y es entonces cuando el deseo de borrar el pasado por parte de unas instituciones controladas por el PP se puso en evidencia. Uno de los pocos vestigios que quedaban en la plaza y daban cuenta de su pasado como campo de concentración era un mapa del Estado español de dos metros por dos metros que fue pintado sobre una pared por los propios presos. Todos los campos de concentración tenían un mapa igual por orden de la autoridad militar. La idea era pintar sobre él banderas rojigualdas conforme el bando filonazi las iba conquistando.

Una orden de la Jefatura de Propaganda del 26 de mayo de 1938 describe muy gráficamente cómo había de proceder: «Por medio de estaquillas y con una cuerda se jalonará la parte de territorio ocupada por nuestras fuerzas». De hecho, en el mapa de Logroño se conservaban huellas de pequeños clavos con los que se ilustraba ese avance de las tropas. El objetivo de estos mapas, explica Muntión, era poner ante él a los prisioneros para humillarlos y desmoralizarlos con el retroceso de las fuerzas afines a a la República e imposibilitar así que albergaran cualquier esperanza de liberación por parte de sus compañeros.

Carlos Muntión y otros compañeros supieron valorar este mapa como una pieza arqueológica a conservar y quisieron salvarla de la demolición. Para ello, contactaron con la empresa que iba a realizar el derribo y esta les concedió dos días para que se llevaran aquel mapa –pared incluida– y evitar así que acabara reducido a escombros. Pertrechados con andamios, plástico de burbujas y una rotaflex, lograron salvar el mapa a contrarreloj. El día en que terminaron esa labor (11 de octubre de 2002) y cuando ya estaba el mapa embalado encima de unos palés, llegaron a la plaza unos funcionarios del Ayuntamiento acompañados de policías y les exigieron que entregaran aquellos restos. Muntión recuerda que era un viernes por la tarde, y revive también la rabia que sintieron al entregarles aquellos trozos de pared, pues estaban seguros de que aquel mapa acabaría desaparecido, cuando no arrojado directamente a una escombrera.

Tras años de intentos de localizar el mapa y de soportar mentiras y silencios administrativos (ya no solo del PP, sino también en la época en que el Ayuntamiento de Logroño estuvo gobernado por el PSOE), miembros de la asociación La Barranca consiguieron encontrar aquel vestigio histórico, «perdido» en un almacén municipal. Finalmente, no hubo desaparición, sino simplemente un secuestro que duró 13 años.

Un lugar para la memoria

El mapa se logró recuperar a base de mucha tenacidad gracias de una moción en el Ayuntamiento en el año 2015, en la que se recogían también medidas para cambiar nombres a calles que honran a destacados fascistas (pues en La Rioja sigue sin haber grandes avances en la eliminación de este tipo de homenajes). Una vez devuelto el mapa a la asociación, los bloques cortados se unieron de nuevo y el cuadro quedó recompuesto. Ahora forma parte del memorial construido en la barranca de Lardero, el lugar donde hay documentados más fusilamientos tras el golpe (393 personas, prácticamente todos riojanos, a excepción de cinco navarros). Según subraya Muntión, probablemente se trata del único mapa que se ha conservado de todos aquellos campos de concentración. Junto al mapa se ha inscrito también el siguiente corolario: «No se puede sepultar eternamente la memoria».

Uno de los testimonios que mejor ha servido para recomponer cómo era el día a día en aquel campo de concentración lo dio un arrantzale de Mutriku, Patxi Lizardi, y se recoge en un ejemplar de una revista riojana llamada “Piedra de Rayo”. A él lo trasladaron desde el Teatro Arriaga, primero a Gasteiz y, luego, a aquella plaza de toros. Fue en ese campo donde vivió uno de los episodios más amargos de su encarcelamiento. Lizardi compartía manta con otro preso de Torrelavega que no pudo aguantar más y puso fin a su vida dándose un tajo en el cuello con una cuchilla de afeitar. Los fusilamientos se realizaban fuera del recinto, pero el tronar de la pólvora lo podían oír todos los que estaban dentro. También relató que no les dejaban hablar en euskara. Paradójicamente, era otro de Mutriku quien más castigaba a Lizardi y sus paisanos por hablar en su lengua materna. «¡Hablad en cristiano!», les gritaba su vecino Juan de Landa.

Lamentablemente, no hay demasiados testimonios de antiguos supervivientes de aquel campo. Probablemente, porque no eran riojanos y sus vivencias se desperdigaron cuando volvieron a sus casas o se exiliaron. No obstante, pese a que ha pasado tanto tiempo, los memorialistas riojanos no pierden la esperanza de hallar nuevos testimonios a medida de que la historia del campo se vaya difundiendo.

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